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15 de mayo del 2005 Domingo de Pentecostés Hechos 2,1-11; 1 Corintios 12,3b-7. 12-13; Juan 20,19-23 Paz a Ustedes Fray Timothy Radcliffe, antiguo Maestro General de nuestra Orden de Predicadores, comentaba hace ya algún tiempo el texto bíblico que nos propone la liturgia de este Domingo de Pentecostés. En su libro, El Oso y la Monja, llamaba la atención sobre el abismo que muchas veces existe entre la paz que pedimos a Dios en nuestras oraciones, la paz que anhelamos, y la paz que el SeZor nos propone y regala. Cuando los discípulos, aquél primer día de Pentecostés, estaban encerrados en una casa por miedo a las represalias que podían tomar aquellos que habían matado a Jesús, el Resucitado mismo vino hasta ellos y les dijo: "¡La paz sea con ustedes!" y ellos "se alegraron de ver al SeZor" (Juan 20,19-20). Muchos de nosotros reconstruimos este episodio en nuestras mentes y nos parece todo tan hermoso, especialmente el que el SeZor Resucitado se haya aparecido a sus discípulos para desearles la paz. Y pensamos que la paz que les desea es una de descanso, total descanso, relajación mental y física, liberación del estrés y la resolución de todos loa agobios que enfrentamos día tras día. Una hermosa paz… una paz envidiable… tan necesaria estos días… Pero la paz que el Resucitado les traía era una paz que los iba a sacar de esa paz en que vivían en ese encierro y soledad de aquél cuarto... El Resucitado les dijo: "Como el Padre me envió, también yo los envío" (Juan 20,21). Es el mismo Cristo quien con su saludo y mensaje desinstala a los discípulos, los saca de su escondite, de su búsqueda egoísta de seguridad y protección. Es aquí, entonces, cuando comprendemos que la paz que el SeZor nos trae, no siempre se parece a la que anhelamos... Casi siempre buscamos la paz encerrándonos en nosotros mismos y evitando todos los riesgos que traen el relacionarnos con los demás, especialmente en lo que se refiere al participar en la construcción de comunidades de fe y de estructuras más justas en nuestra sociedad. En esto nos parecemos a los discípulos. Tenemos miedo a ser heridos y salir lastimados. Hay que reconocer que este miedo no es puro invento. Efectivamente, tenemos experiencia de haber sido heridos muchas veces en nuestras relaciones con los demás y procuramos evitar el dolor y el sufrimiento que produce este choque. Pero también sabemos que cuando nos encerramos y nos aislamos de los demás y del mundo, gozamos apenas de una paz a medias; es una paz frágil que en cualquier momento se desvanece en nuestras manos. Nos encerramos en una paz frágil porque tenemos miedo al cambio, miedo a los demás, miedo a ser sacados de nuestro nido. El miedo nos paraliza, nos bloquea, nos confunde. Hemos desarrollado una serie de tácticas para cerrar nuestras vidas a ese Dios que quiere sacarnos de nuestro encierro. Echamos llave, literalmente, a nuestros conventos, a nuestras casas, a nuestras parroquias, a nuestra habitación, de modo que nadie pueda acercarse a perturbar nuestras vidas con sus insistencias, con sus invitaciones, con sus interpelaciones. Podemos encerrarnos también en el exceso de trabajo... Paradójicamente, llegamos incluso a utilizar la oración para mantener a Dios fuera. Podemos dedicar horas y horas a la oración, recitando palabras y repitiendo frases, sin ofrecer a Dios un momento de silencio porque cabe la posibilidad de que nos diga algo que altere nuestra aparente paz y nuestra tranquilidad acomodada. Pero el SeZor se las arregla para irrumpir en nuestro interior con el soplo de su Espíritu y, aún teniendo las puertas cerradas, como los discípulos en el cenáculo, El viene a inquietarnos y a salvarnos de nuestra aparente paz. Esa es la Buena Nueva de hoy. Que el SeZor no se cansa de entrar en nuestras vidas para ofrecernos SU paz . Una paz que nos abre a los demás con el riesgo de ser heridos. Las heridas de las manos y el costado es lo primero que les enseZa el Resucitado a los discípulos cuando les anuncia su paz... Se trata, entonces, de una paz conflictiva, agónica, como diría don Miguel de Unamuno. Es una paz que abre desde fuera nuestros sepulcros para que no sigamos viviendo como muertos, sino para que vivamos una vida plena y auténtica. Una vida en abundancia. Angel Manuel Del Rio Rubio, O.P. Frailes Dominicos de Austin 2502 Comburg Castle Way Austin, TX 78748 E-mail: <delrioa@hotmail.com> =============================== Homilías Dominicales Fiesta de Pentecostés: 19 de mayo de 2002 Hechos 2,1-11; 1Cor 12,3b-7.12-13; Jn 20,19-23 fr. Brian J. Pierce, OP Lenguas de fuego. No son llamas de fuego, ni rayos de fuego, ni carros de fuego. Ni tampoco es una columna de fuego (un símbolo bíblico importante). No. San Lucas dice en el capítulo dos de Hechos que, "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de los discípulos, y quedaron llenos del Espíritu Santo" (2,3-4). El símbolo de lenguas no es un detalle insignificante. Si contamos las palabras en este texto que tienen que ver con el hablar (lo que llamamos una familia de palabras) llegan a ser unas trece referencias (lenguas, hablar, expresarse, oír, idioma). Lucas quiere llamar la atención con tanta repetición. Este texto, este día de Pentecostés (una fiesta judía celebrada en tiempo de la cosecha) está particularmente enfocado en todo lo relacionado con hablar y oír lenguas. Pero a la vez no son cualquier lenguas. Son lenguas como de fuego, y tal vez más importante todavía, son nuestras propias lenguas, idiomas. "¿Cómo cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestro propio idioma?" Dice el texto que estaban "asombrados y admirados." Algo maravilloso estaba pasando ese día en ese lugar. Algo que no esperaban. La lista de gente de tantos lugares es muy importante. En primer lugar hay personas de lugares judías (Judea, por ejemplo) y de lugares no-judíos (Asia, Egipto, Libia. etc.). ¡Hace falta una reunión de esta magnitud hoy en día en esa misma parte del mundo! Este encuentro, lleno del Espíritu Santo, ofrece un reto y una invitación para lograr la paz en nuestros días. En esa reunión donde "todos los oímos hablar en nuestros idiomas las maravillas de Dios" los judíos y los árabes estaban juntos. ¡Juntos! En la misma casa, sin bombas ni tropas ni amenazas. Simplemente juntos, en una diversidad de lenguas y experiencias, abiertos al Espíritu de Dios. Esta diversidad de pueblos y personas es ciertamente una referencia a la historia de Babel en el libro del Génesis (11,1-9). Sería bueno volver a leer y estudiar lo que pasó en esta historia, para poder entender el cuadro que Lucas está queriendo pintar en Hechos de los Apóstoles. En Babel "todo el mundo tenía un mismo idioma" y empezaron a construir una torre que llegara hasta el cielo. "Así nos haremos famosos." Querían ser como Dios. La comunidad ahí reunida se creía tan poderosa como Dios. Terminaron confundidos, divididos y dispersados "por la superficie de la tierra (11,7-9). El Pentocostés de San Lucas sana la división de Babel. Una cosa es querer ser "famosos" y como Dios; otra cosa es abrirnos al Espíritu de Dios. Una cosa es formar una alianza para conquistar el cielo y la tierra (suena como lo que proponen Bush y sus colegas: una guerra de las galaxias, con misiles colocados en el espacio). Otra cosa es unirnos, a pesar de las diferencias de lengua, cultura, religión, clase social y manera de pensar. En vez de conquistar, al estilo de Babel, los reunidos en la fiesta de Pentecostés se dejaban conquistar - ¡por el Espíritu de Dios! Las lenguas de Pentecostés no eran una sola, como si hubiera necesidad de controlar a la gente. En Babel había uniformidad. En Jerusalén, para la fiesta de Pentecostés, había unidad. Son dos cosas muy distintas. La uniformidad se basa en el miedo, miedo a las diferencias. La unidad se basa en la libertad; es comunión en la diversidad. El totalitarismo nace de la conformidad. La democracia es fruto de la unidad. En Pentecostés los discípulos, todos galileos (todos hablaban arameo, como Jesús), "se pusieron a hablar idiomas distintos, en los cuales el Espíritu les concedía expresarse." La Iglesia nace celebrando la diversidad. No hay necesidad de controlar nada, ni a nadie. El Espíritu sabe lo que está haciendo. Es el Espíritu de Cristo Resucitado (ver Juan 20, 19-23). Vemos en nuestros tiempos nuevos intentos de controlar a las masas y acabar con la diversidad. Muchos estados de los Estados Unidos proponen iniciativas para imponer el inglés como única lengua ("English Only"). El candidato francés, Le Pen, predicaba este mensaje anti-inmigrante también. La uniformidad siempre lleva al totalitarismo. Los nazis llevaban esta idolatría a los extremos más diabólicos: exterminando a los diferentes (judíos, gitanos, homosexuales y muchos cristianos que se oponían a su tiranía). Muchos grupos y países comunistas también han caído en este error, reprimiendo a los que pensaban de otra forma. El impasse en la Tierra Santa hoy es también producto de una mentalidad cerrada y totalitaria. La guerra, el odio y la discriminación son manifestaciones del egoísmo colectivo que operaba en Babel hace miles de años. El Espíritu Santo es, en cambio, una brisa resfrescante y transformadora. Desafortunadamente, hay católicos que sueñan con volver atrás también, a los tiempos cuando todo era más fácil, más uniforme, más reglamentada. Sueñan con la misa en latín, todo nítido y uniforme. No quieren una Iglesia encarnada e inculturada en cada pueblo y cultura, sino que se conforman con una fe seca, sin vitalidad, igualita en todos lugares. ¡Esto no es el mensaje de Hechos 2, 1-11! El deseo de restaurar el pasado nace del miedo. El Espíritu Santo sana la Iglesia del miedo si se deja guiar por El. La Iglesia naciente, reunida el día de Pentecostés en Hechos 2, no está jalando a todos hacia un mismo lugar y una misma manera de pensar. La Iglesia, llena del Espíritu, está desparramando su mensaje por todo el mundo. Su Buena Nueva está siendo llevada por el viento huracanado del Espíritu (¡fuera de control!) a los cuatro puntos cardenales del mundo. En la versión de San Juan, dice Jesús a los discípulos (Aquí no dice "a los doce" sino a los discípulos. María Magdalena, por ejemplo, estaba presente: Jn 21,18-19.), "Así como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes" (21,21). En otras palabras, "¡Salgan! ¡Vayan! ¡Prediquen la Buena Nueva en los miles de idiomas que se oyen por el mundo!" Hoy esto significa también saber predicar en el idioma de los jóvenes, los ancianos, los divorciados y separados, etc. La Iglesia primitiva hablaba todos los idiomas (Hch 2,5-6), con el deseo de servir y compartir el mensaje liberador de Jesús. "El viento sopla dondequiera," le dijo Jesús a Nicodemo, refiriéndose al Espíritu (Jn 3,8). No se conquista al Espíritu; el Espíritu nos conquista a nosotros. No es pura coincidencia que los que miraban de lejos la fiesta (¡pachanga!) de Pentecostés en Jerusalén pensaban que los reunidos por el Espíritu estaban borrachos (2,13). La locura del Espíritu es así. Nos conduce a sorpresas y aventuras nunca imaginadas. Es fuente de libertad, de gozo y unidad (en medio de la diversidad). Es el camino a la paz verdadera. fr. Brian J. Pierce, OP
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